8.11.06

El cine como estupefaciente


HAUSU

Nobuhiko Obayashi, 1977

Kimiko Ikegami
Kumiko Ohba
Miki Jinbo
Yôko Minamida

4/5

Oshare
recibe la desagradable noticia de que su padre va a casarse de nuevo con una auténtica desconocida tras la defunción de su esposa. Ahogada por el rencor hacia su progenitor y la usurpadora que pretende enturbiar la memoria íntima ligada a su madre, decide aprovechar las vacaciones de verano para poner tierra de por medio y quizás reflexionar sobre su nuevo estatus familiar desde la lejanía. Es momento de volver a visitar a su tía, residente en una casa de campo castigada por el paso del tiempo y el eco de amargos recuerdos, a la cual Oshare no veía desde hace diez años. Pero no irá sola, pues sus campañeras de clase se han quedado sin plan vacacional y están más que encantadas de viajar junto a su amiga hacia un destino muy distinto del imaginado.
Desde el mismo momento en que las jóvenes ponen el pie en la casa de la tía de Oshare acontecen fenómenos inexplicables que en un principio se aceptan sin demasiados reproches, ya que no desentonan con el panorama mágico que se despliega ante ellas, pero que no tardan en adquirir un cariz siniestro llegando incluso a poner en peligro su integridad física. Porque una cosa es que los objetos simulen hablar, que la nevera estropeada sea un portal espacial o que el esqueleto humano que coge polvo en una esquina se ponga a bailar, y otra bien distinta que el piano engulla los dedos de una de las chicas cuando se disponía tocar una melodía (por poner un ejemplo). Esta mansión es una trampa mortal en la que las agresiones pueden venir desde cualquier ángulo y perspectiva al no aplicarse las leyes básicas de la lógica, y escapar parece fuera de lugar...

Calificar al filme de Nobuhiko Obayashi como extravagante es quedarse lejísimos de la línea de meta. Surrealista, histriónico, lisérgico, cursi, empachoso, son adjetivos mucho más acordes a la mise en scène de una historia, por otra parte, de planteamiento convencional que ahonda en la profusa tradición de las casas encantadas, pero cuyas imágenes penetran en el terreno de lo altamente inusual.
Hausu posee un atrevimiento, diríase, juvenil a la hora de narrar el guión. Lo cual a efectos prácticos se plasma en el uso de todos aquellos instrumentos fílmicos que el director considere necesarios sin pararse a cuestionar su valor estético. Lo importante es el movimiento, la conquista por la suma aunque sea a expensas de la habilidad para procesar la ingente cantidad de información visual con la que se bombardea al espectador. Y es que a la hipercolorista fotografía de la cinta (desde Dario Argento hasta Shuji Terayama podrían ser citados para buscar referentes / reflejos), y a la hortera y divertidísima banda sonora, se añade la presencia de multitud de recursos (cortinillas, animación tradicional, collages, saltos espaciotemporales...) que se suceden sin respiro alguno con una velocidad que haría palidecer al Russ Meyer más juguetón.
La combinación resultante es a todas luces indescriptible... e incluso imposible. Sin embargo, el visionado de unos minutos de la película basta para atestiguar que el torbellino de sensaciones propuesto no sólo es factible, sino que se lleva a cabo sin caer en la temida vulgaridad. Uno no sabe muy bien si propinarle una colleja o darle una palmada en la espalda al niño de Obayashi, pero, por suerte y al menos durante la proyección de la cinta, no es preciso tomar la decisión en el estado de embriaguez perceptiva provocado.

Al igual que en multitud de cuentos infantiles nos encontramos con una historia que reune una vertiente de inofensiva fantasía naif junto a otra de marcada oscuridad. Así pues, se producen frecuentes contrastes entre momentos de un absurdo hilarante seguidos de escenas capaces de helar, es un decir, la sangre en las venas (atención al apetito del piano familiar) en un crescendo imparable de maldad nihilista. De hecho los primeros minutos de la cinta inducen a la confusión, ya que podría darse a entender que la obra es una comedia. Entre las transiciones propias del dibujo animado y la misma presentación de las protagonistas dotadas de pintorescos nombres y cualidades (Kung Fu, experta en dicho arte marcial, Melody, con inquietudes musicales, la glotona Mac...), se ofrece un caramelo dulce al comienzo, pero que conforme se va disolviendo en el paladar revela un inesperado sabor amargo.
Para ilustrar esta exposición tomemos como referencia el siguiente ejemplo: Los primeros ataques de las fuerzas diabólicas componen un cómico e inocentón escenario. Una de las chicas acude al pozo para sacar una sandía que previamente habían dejado a remojo pero lo que en realidad extrae del mismo es una cabeza voladora que le muerde en el trasero, y de la que no consigue desprenderse pese a menear el pompis a conciencia. Otras víctimas no correrán el mismo destino y su cuerpo será descuartizado en diversas piezas con cruel deleite.
Pasar de la risa al escalofrío y viceversa se convierte en un proceso impredecible ya que discernir la intencionalidad de los estímulos expuestos resulta complicado. En cualquier caso, dentro de lo desconcertante de la película per se, existe cierta coherencia homogeneizante, aunque sea motivada por la ausencia general de ésta.

Hausu es un filme afortunado puesto que es capaz de integrar, a menudo inexplicablemente, los elementos más ridículos en el contexto global sin dejar entrever disonancia alguna. En otro título molestaría la risible partitura sonora que acompaña a las exhibiciones atléticas de Kung Fu y, por contra, aquí no sólo encaja a la perfección, sino que enriquece la ceremonia del exceso celebrada. Claro que los pantaloncitos cortos que porta el mencionado personaje son distractor suficiente como para pasar por alto todo mal.
Tras la rendición inicial se cierran las alternativas y la única posibilidad es maravillarse ante la estupidez propia y del espectáculo contemplado. Mi impresión es que si Obayashi hubiese dedicado los minutos finales a saldar el metraje con filmaciones de perritos enfundados en tutú, tanto daría. La entrega, de producirse, es incondicional y todo, absolutamente todo, vale.
Cabe preguntarse la influencia de la cinta en la obra de directores tan diferentes como Miike Takashi (véase The Happiness of the Katakuris, 2001) o Tim Burton, cuyo Beetle Juice (1988) se ha comparado en atmósfera y plasticidad al título que nos ocupa en no pocas ocasiones. De todas formas, es tal la originalidad y arrollante personalidad de la película que su valor intrínseco supera a la reprecusión posterior que haya podido tener, convirtiéndose a día de hoy, con la perspectiva que proporciona el paso de los años, en una pequeña caja de sorpresas que merece la pena destapar. Al menos las personas que gocen de una alta tolerancia a lo estrafalario (espero que la mayoría de los que lean este texto, porque, en caso contrario, ¿qué están haciendo?) deberían extraer una considerable dosis de satisfacción que distribuir al torrente sanguíneo.

6 Comments:

Anonymous Gibarian said...

Hummm... Buena pinta, buena pinta. Material para el menda. Además, en Allzine anuncian traducción a la lengua de Cervantes así que no existe impedimento alguno para no verla.

Si la veo con mi novia, ¿procederá a mi inmediata castración por someterla a rayadas niponas?

Saludos.

10:56 p. m.  
Blogger superdiscochino said...

Igual hasta se monda de la risa.
Podrías someterla sesiones de cine más tortuosas... eso sí, que vaya preparando toda su capacidad de atención.

Saludos.

8:22 a. m.  
Blogger kuroi yume said...

Me la pido!!!
Mi chica no piensa en mi castración, aunque de vez en cuando me mira raro...

9:03 a. m.  
Blogger txolo said...

Si encima ves estas películas bajo los efectos de estupefacientes, ya ni hablamos

12:00 p. m.  
Anonymous Gibarian said...

Ya están disponibles los subs en castellano.

2:18 p. m.  
Blogger superdiscochino said...

Gracias por avisar.

Saludos.

8:22 p. m.  

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