5.5.06

A solas o bien acompañado: Ardores que matan


FUEGO

Armando Bo, 1969

Isabel Sarli
Armando Bo
Alba Múgica
Roberto Arialdi

3/5



¡Fuego!
Fuego en tu boca.
¡Fuego!
Fuego en tu cuerpo.
¡Fuego!
Fuego en tu sangre.
En tus entrañas.
¡Que quema mi alma!

Introducir una película desconocida en el lector de DVD y enfrentarse virgen al alubión de imágenes que se suceden es una experiencia aconsejable en estos tiempos de sobreexposición a la información y pizzas de microondas. Así es como penetré en el tórrido mundo de Armando Bo, realizador argentino propenso a explotar, en el sentido que preferimos del término, a la que fue su mujer y, al parecer, un icono mundial en materia de destape: la voluptuosa Isabel Sarli.

Isabel, o “La Coca” (dicen que por su afición a la bebida gaseosa y no a otra sustancia), es una superhembra muy en la línea de las musas predilectas de Russ Meyer. Dotada de unos senos cuyo tamaño desafía a la gravedad y una masa corporal que excede los (insustanciales) cánones de belleza actuales, Isabel no tiene nada que envidarle en cuanto a presencia física a, pongamos, Tura Satana, pero su victoria en feminidad refleja una abultada diferencia en el marcador. No en vano consiguió hacerse con el título de Miss Argentina en el 1955, tan sólo un año antes de escandalizar al país entero siendo pionera en mostrar su figura desnuda en El Trueno entre las Hojas.

En Fuego interpreta a Laura, una ninfómana recalcitrante que desde el mismo arranque del filme demuestra su poderío emergiendo al natural de las aguas como una Diosa de los Mares ante la lujuriosa mirada de su criada Andrea, una lesbiana momificada que la espera humedeciéndose los labios toalla en mano, y su futuro marido Carlos, interpretado por Armando Bo. Era de esperar que Carlos quedase prendado de semejante visión y no tarda en acudir a casa de Laura para declararse. La mujer recibe la proposición con alborozo, pues está bastante cansada de friccionarse con su avejentada criada para aliviar sus bajos instintos. Pero Andrea no soporta la humillación y más cuando Laura le deja las cosas meridianamente claras: “¡Él es un hombre! ¿Es que no lo entiendes?”
Reducir la homosexualidad a un mero pasatiempo es la gota que colma el vaso para que la humillada criada la emprenda a golpes con su amor siendo la chimenea encendida el único testigo. Al final harán las paces; ellas se entienden.

Pero lo de Laura es un caso muy grave que ni siquiera el matrimonio puede solventar, y para enfriar sus pasiones internas no duda en revolcarse lascivamente por la nieve, masturbarse en la cama mientras se propina tiernos besitos en el hombro y un seno, o, abrigo de visón y botas de gogó mediante, exhibir su mercancía ante cualquier palurdo que se ofrezca a llevarla al bosque para un rápido desahogo.
Cuando Carlos se entera del problema de su mujer, ambos acuerdan buscar una solución profesional que no termina de cuajar y el único final posible es uno excesivamente moralista, quién sabe si para intentar pasar de puntillas por la atenta mirada de la censura (cosa que, finalmente, no hizo).

Fuego es un pequeño filme que, sí, presenta más de un punto de unión con la obra de Russ Meyer (generosos pechos y gusto por los entornos naturales, entre otros elementos), pero cuya puesta en escena es en comparación minimalista y convencional. Sin embargo, la traslación de ciertos aspectos de la cultura popular a una cinta que no oculta su condición de producto obsceno termina por convencer. Porque tanto los diálogos como la forma de recitarlos, deliciosamente dramática, no desentonarían en absoluto en cualquier culebrón sudamericano (eso sí, previa leve moderación de contenidos).
Y qué decir de la banda sonora, repleta de baladas de corte clásico y furiosos instrumentales que parecen sacados de un western trotón. O del tema principal (ver el encabezado), cuyas apasionadas estrofas y continua repetición llevan al espectador a un paroxismo entre la repugnancia y la entrega incondicional.

Un receptáculo de inofensivos placeres que aviva las ganas de seguir investigando por las filmografías de sus responsables.

8 Comments:

Anonymous Anónimo said...

joder, por que siempre se las estara tapando!

3:30 p. m.  
Blogger mekasidnipuatier said...

Que texto mas bueno. Y que chica tan guapa, aparte de sus contundentes atributos, irradia una belleza sesentera sin igual. Superdisco, estas atrapado en un mundo pop. Sino fuera porque te das curas de Uwe Boll de vez en cuando, me preocuparias sobremanera.

12:12 a. m.  
Blogger superdiscochino said...

Si Uwe Boll es la cura, ¿cuál es la enfermedad?
Ay, Dios...

9:50 a. m.  
Blogger mekasidnipuatier said...

La enfermedad es tener un mundo interior demasiado bonito para que la realidad gane con la comparación. Por ello, Uwe Boll y su fea marca de fabrica es un gran antidoto.Sorry si me he puesto demasiado criptico o digo demasiadas tonterias.

7:00 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

Sr. Superdiscochino, alguna película de la Sarli fue proyectada en salas españolas (de aquellas "S" que hubo al comienzo de la democracia), yo vi una en la que andaba entre caballos e hipódromos y tal. Incluso hubo una noche en la "2" a mediados de los 90 en la que emitieron 3 películas seguidas de la Sarli, entre ellas (la 3ª) la que ud. comenta.

Perdone por el comentario tardío, pero es la 1ª vez que entro en su página, vengo por un link de donde el Sr. Ausente.

Abrazos

Alejandro

7:12 p. m.  
Blogger superdiscochino said...

Gracias por los datos. Una pena no haber estado al tanto de esa sesión triple en La 2. Sí que ha empeorado la televisión pública desde entonces...

Un saludo.

12:21 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

¡Fuego!
Fuego en tu boca.
¡Fuego!
Fuego en tu cuerpo.
¡Fuego!
Fuego en tu sangre.
En tus entrañas.
¡Que quema mi alma!


Que cancion! si alguien sabe el nombre de la cancion y quien la canta por favor diganlo ando buscando esta cancion durante meses!
Un saludo desde Lima-Peru
Gracias

7:17 a. m.  
Anonymous Anónimo said...

Yo tambien quiero saber de quien es el temaa!!

4:21 p. m.  

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